La formación literaria del maestro

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LA FORMACIÓN LITERARIA

DEL MAESTRO

 Rocío Gil Álvarez

 

                                                                     “La Poesía y las Canciones no son cosas que uno atrapa, sino cosas que le atrapan
                                                                      a uno. Y  lo único que se puede hacer es ir al lugar donde ellas te puedan encontrar”.

A. A. Milne 


Después de los progenitores, los educadores son los adultos más próximos a los niños y con los que pasan la mayor parte del tiempo, sobre todo en las primeras edades; de este modo, los maestros acaban por convertirse en modelos. Si a ello añadimos que “la escuela es el centro promotor del libro infantil” (Cervera, 1992: 15), podemos afirmar que el docente es el mediador entre el niño y el libro, es decir, el que orienta, informa y asesora (1).

 La lectura. La lectura no es un conocimiento que se comparta con argumentos exactos y en un momento concreto; muy al contrario, la lectura es un sentimiento y como tal se transmite por contagio y de manera constante (2).        Debido a esta naturaleza, nos atrevemos incluso a calificar la lectura como una práctica irracional, que no se ajusta a justificaciones tangibles y que escapa de la lógica. No sabemos exactamente qué es lo que nos seduce al tener un libro entre las manos y las explicaciones racionales al respecto resultan absurdas. Asimismo, puede surgir un lector entusiasta en los ambientes más desfavorecidos y, por el contrario, la consecución de las condiciones más idóneas no garantizan su aparición (3). Si analizamos los rasgos intrínsecos a la lectura en relación con las características definitorias de nuestra sociedad, las conclusiones son desalentadoras:

 1.      La lectura es una actividad individual. El aislamiento y soledad del lector no casa con la inclinación al grupo y la colectivización que se potencian no sólo en los medios, sino en la escuela.

2.      La lectura exige esfuerzo y concentración. La comprensión lectora deriva de un trabajo y esfuerzo inicial muy alejados del aprendizaje lúdico que desde hace años se viene practicando. Tengamos en cuenta que la lectura es diversión, placer, entretenimiento, pero no un juego.

3.      La lectura necesita paciencia. La lectura precisa calma para disfrutar de la descripción del ambiente y los personajes sin que aparentemente ocurra nada. Perseverancia que no se corresponde con la sobreestimulación activa que reciben los niños en casa y de los medios de comunicación.

4.      La lectura precisa adiestramiento. El placer con la lectura no se consigue de manera instantánea, sino que necesita un entrenamiento que poco a poco disminuya el esfuerzo y la impaciencia.

5.      La lectura invita a la reflexión. La lectura posibilita una pausa, un análisis y un pensamiento detenido que difícilmente se ajusta al predominio actual de las sensaciones frente a las ideas. Ante estos resultados pesimistas, el maestro no debe escudarse en la aparente imposibilidad y claudicar, sino formarse convenientemente para compartir y disfrutar junto a los alumnos con el poder evocador de la palabra.

 La animación lectora. Los últimos datos sobre índices de lectura en España señalan que un 42% de la población adulta no lee nunca, un 37% lee semanalmente y un 21% lo hace todos los días. Entre la población escolar, el Instituto de la Juventud apunta que el porcentaje de los alumnos que leen es del 15%.

  Con estos datos, el Plan de Fomento de la Lectura 2001-2004 del Ministerio de Educación y Cultura pretende potenciar hábitos de lectura entre la población infantil y juvenil. Podemos afirmar que la lectura se ha convertido en un reto a través del cual articular otros objetivos de nuestra sociedad (4), como es la formación de seres polivalentes con alto nivel cultural y la eliminación del elevado fracaso escolar (25%).

Con estas consideraciones, enfocamos la animación lectora no como un conjunto de actividades de aplicación exacta cuyo resultado inmediato sea la lectura, sino como la ideología de un amplio proyecto cultural que cuenta, entre sus efectos, con la incitación a la lectura. La práctica de esta ideología debe estructurarse de acuerdo con las características  de   la  lectura  analizadas anteriormente y, por tanto, evitar estrategias de animación colectivas, lúdicas, ruidosas y de rentabilidad inmediata (5). Es decir, un ejercicio que parta del libro o confluya en el mismo; de tal modo que aquél deje de ser mero pretexto para el desarrollo de unos juegos en los que la relación con la literatura es mínima y tan sólo anecdótica, y cuyos resultados se limitan a la diversión de los niños.

Esta animación lectora debe girar en torno a tres ejes:

§         Información al alumno acerca de la variedad de libros disponibles.

§         Asesoramiento individualizado y guía respecto a los intereses de lectura del alumno.

§          Empleo en el aula de material literario de calidad.

De esta manera, para informar de manera adecuada es necesario formarse previamente; asimismo, para asesorar acerca de los intereses de lectura es preciso adquirir unos conocimientos relativos a literatura infantil, y para emplear material de calidad en el aula es imprescindible establecer unos criterios de selección que orienten dicha labor.

 Conclusión. En definitiva, considerando al educador como animador en acción permanente y constante, se presenta necesaria su formación literaria que posibilite la transmisión del cariño y respeto hacia la literatura a través de la creación y adaptación de estrategias de animación lectora eficaces, centradas en el libro y fieles a su propósito inicial: incitar la lectura.

 Finalizamos recordando de nuevo al osito Winny the Puff de Milne e invitando a los profesionales de la enseñanza a acercarse a la poesía, los cuentos, los libros... y dejarse atrapar por su magia.

 Notas:

(1)     Sobre esta situación mediadora del docente véase el estudio de Cervera (1992: 328-329).

(2)     Al respecto dice González (1999: 37) que “la mejor manera de inculcar amor por la lectura no es con razonamientos, sino por contagio”.

(3)     Mariano Coronas (2000: 6) señala que “el hábito lector tiene algo de irracional”.

(4)     Marinet, A. en Parmegiani (1997: 131) argumenta que ello responde al “descenso de la lectura, la constatación del mal dominio de la lengua de los alumnos que acceden al colegio y la verificación del fracaso escolar ligado a la lectura”.

(5)     Moreno (2000: 16) precisa que “si observamos los aspectos que son inherentes a la lectura -individualismo, soledad, silencio, nula rentabilidad en el sistema productivo social (...)- repararemos en que nada, o muy poco, tienen que ver con los juegos de animación lectora que son colectivos, ruidosos y rentables desde el punto de vista inmediato, pues satisfacen una inclinación, el deseo de jugar y de estar con los demás”.

 Bibliografía:

CERVERA, Juan, (1992), Teoría de la literatura infantil. Bilbao. Ediciones Mensajero, 1992. CORONAS, Mariano, (2000), La biblioteca escolar. Un espacio para leer, escribir y aprender. Gobierno de Navarra. Departamento de Educación y Cultura, 2000 (Colección Bibliotecas Escolares. Blitz, ratón de biblioteca).

GONZÁLEZ, Luis Daniel, (1999), Guía de clásicos de la literatura infantil y juvenil (3). Madrid. Ediciones Palabra, 1999 (Colección Tiempo Libre).

MILNE, Alan Alexander, (1957), El mundo de Puff.  Madrid. Anaya, 1989 (Colección Laurín). MORENO, Víctor, (2000), Lectura, libros y animación. Reflexiones y propuestas. Gobierno de Navarra. Departamento de Educación y Cultura, 2000 (Colección Bibliotecas Escolares. Blitz, ratón de biblioteca). PARMEGIANI, Claude-Anne. (dir.), (1993), Lecturas, libros y bibliotecas para niños. Madrid.  Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1997 (Colección El árbol de la memoria).

 

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