Blanca Langa

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La aventura de leer a Blanca Langa
La luz de Blanca Langa

LA AVENTURA DE LEER... A BLANCA LANGA.

Por Antonio VILLANUEVA. CPR de Calatayud.

(Publicado en La Comarca, 17 de abril de 1998)

 

Con alguna frecuencia, me gusta recorrer los anaqueles de las bibliotecas en busca de aventuras. Es decir, a la búsqueda de algún libro olvidado, dormido entre las baldas, quién sabe cuántos días, meses, años... Hoy ha venido a mis manos un libro-pajarillo, que susurra sus versos al oído, que me pide Abre mis alas, déjame estar contigo. Y obediente, recorro sus páginas, escucho su canto, vuelo junto a él.

Cementerio de gorriones, premio "Gerardo Diego de poesía 1988", obra de Blanca Langa, maestra, poeta, bilbilitana, es ese libro-pájaro que nos vuelve a la edad perdida, a la infancia en que todo era posible, cuando las cosas tenían algo de mágico. El poemario ha venido hasta mí. Y cuando lo abro, comienza la gran aventura, la aventura de leer. Un cierto temor me invade. El mismo miedo que siente el autor ante la página en blanco es el miedo del lector al empezar su lectura: ¿será bueno este libro? ¿cómo dirá los versos mi pajarillo? ¿habrá aún poetas en el mundo? ¡Ay, pajarillo, ojalá no me defraudes!

Cementerio de gorriones comienza con unos versos de evocación: crecer es morir un poco, hacer morir al niño que llevamos dentro. Pero oigamos lo que nos dice el poeta. Cuando él habla, todo calla, sólo cabe escuchar: Cuando quisimos darnos cuenta / el viejo cementerio de gorriones / ya no estaba en su sitio / y el ángel de la infancia / andaba loco / con el puzzle incompleto / entre las manos. La autora quiere recuperar esa realidad perdida (soñemos, ¡soñemos!, / que es posible el milagro), quiere hacerse niña otra vez, de la mano del ángel de la infancia: Recobro antiguos mitos de la infancia, / el cabello que me crece más allá de mi cuello, / rectilíneas se alargan y alisan mis caderas, / la curva de mis senos se borra suavemente). La niña-mujer vuelve a encontrarse con sus amigos Pulgarcito, Peter-Pan, Blanca Nieves... (A cada uno le dedica un poema). Pero el paso del tiempo todo lo ha mudado.

No te hablé de mi miedo a que crecieses / y descubrir / que ya no había nadie / para escuchar los cuentos que inventamos, dice en "Pulgarcito". En "Peter-Pan", reitera el adiós a la infancia: Ahora que ya no estás, / —o sí, ¿quién sabe? —, / ya no tienen sentido mis mágicas mentiras. El Capitán Trueno se hizo funcionario (Empezaste la guerra del trabajo, / desnudo de armadura protectora) y, de cara a la pared de los ideales, se olvidó de sus muchas aventuras: Sigrid se divorció de tu pasado, / Crispín se fue quedando en el camino, / Goliath vive en exilio bajo tierra... Blanca Nieves se enrolló al ojo fijo de la tele hasta que, hastiada, incapaz de vivirse en otro cuento, / se ahorcó / con el cordón de su corpiño. El soldadito de plomo se hizo belicista , dispara y mata sin cesar. La Bella Durmiente se durmió para siempre, se cumplía por fin el maleficio. Blanca hace repaso: se quemaron las flores de papel / en las manos abiertas al vacío. / (...) / Hago inventario de todos mis recuerdos: / el osito de trapo me apuñala la espalda, / las muñecas se ríen con una risa histérica.

Crecer es renunciar a la infancia (Dimití de mi cargo de Princesa). Pero la voluntad poética se niega a esta renuncia y nos invita a un nuevo viaje. En "Para volar", leemos: Ha de existir un día / en que el sol gire vertiginosamente, / en que la luna se parta en dos mitades / y sintamos / (...) / Y soñar... La poesía nos da las alas para este vuelo. Su poder de evocación nos devuelve a lo que fuimos, para que podamos seguir siendo en el ahora. Ella nos trae la brisa fresca de la vida: esa ventana / donde vuelan mis ojos por el espacio, / dejadla abierta, / para que no se duerman las palomas / que vienen a posarse en el alféizar. Blanca vive en ese mundo de la ficción, donde no habita el olvido, donde asoman los chopos a mirarse / en el agua que canta como un verso tranquilo. Su mirada es romántica, como la de Bécquer. Aunque sabe que vive una ilusión (es imposible cruzar de nuevo el puente / (...) / nunca más / encontraremos la tierra prometida), prefiere que nadie se lo diga.

La ficción poética frena el paso del tiempo, recupera un pasado que se une al hoy para proyectarse, juntos, hacia el porvenir. La infancia sale de su cementerio y los gorriones vuelven a volar. Como cuando éramos niños: Y vuelvo a caminar / (...) / hoy he vuelto otra vez / Y es para siempre. Mantener esa ficción es fundamental para Blanca Langa. Sin poesía, la vida no tendría sentido. Es gris, alienante, oscura: Hemos vuelto a andar con pasos de autómatas. / (...) / Nosotros, esos pobres esclavos de las ideas / (...) / analfabetos en esto del vivir. Sin poesía, la vida es falsa, está llena de contradicciones: Si vivimos, es sólo de prestado, / caminamos con botas alquiladas, / hablamos con palabras adquiridas. / Más que vivir, vamos sobreviviendo. Es vida a medias, plagada de escollos: No intentes engañarme, / no te engañes: / en esta asignatura de la vida / ni tú ni yo podemos aprobarnos. / Nosotros no sabemos las respuestas. La vida no es como la escuela. Por eso Naufragamos diez veces por minuto. Por eso Blanca gime: el último gorrión viene a morir al lado, / el tren que esperas nunca se detiene.

Termina aquí la aventura. El pajarillo-libro pliega sus alas. Vuelvo a ponerlo en la estantería, para que allí espere a otro aventurero que vendrá, a quien hará volar —eso es el recuerdo, un vuelo hacia el pasado— al mundo perdido de la infancia.

Salgo de la sala. Miro por la ventana y veo el milagro de la magia poética: los gorriones han vuelto, una bandada atraviesa el cielo.

LA LUZ DE BLANCA LANGA.

 

Por Antonio Villanueva. CPR de Calatayud.

(Publicado en La Comarca, 10 de julio de 1998)

 

No hace mucho, publicábamos un artículo dedicado a Blanca Langa (véase "La aventura de leer... a Blanca Langa", en La Comarca, viernes, 17 de abril de 1998), a quien su primer pomeario, Cementerio de gorriones (premio "Gerardo Diego" 1988, de la Diputación de Soria) convertió en joven promesa de las letras bilbilitanas.

Hoy volvemos a ocuparnos de la trayectoria poética de esta autora, concretamente de su hasta la fecha último libro, Tal vez sea la luz, publicado por el Centro de Estudios Bilbilitanos, en 1996.

En esta nueva obra, Blanca revalida su vocación poética y se nos muestra con una voz honda, original y melancólica. El volumen se divide en tres partes, "Parábolas del aire", "Salí del mar" y "Menos morirnos juntos". En la primera, parece imponerse un cierto tono de pesimismo (comienza con unos versos de León Felipe: Y todo es una canción compuesta para el viento), tono que luego se transmuda en espíritu de lucha (Tu oficio es caminar, no te detengas) y, por último, en sentimentalidad amorosa ("Si no fuera por ti", uno de los poemas más bellos del poemario: Si no fuera por ti, / que apaciguas el caos, amor mío, / que ordenas mis ideas..., / si no fuera por ti, naufragaría / en el mar encrespado del silencio).

Es la de Blanca voz inquieta que indaga y pregunta, sin encontrar casi nunca las anheladas respuestas. Hay en todo el poemario una atmósfera de duda, un aire de soledad y tristeza. Por ejemplo, en "Las últimas palabras", gran poema que inicia el libro, aparece la idea de la muerte. O la de soledad, en los versos de "Dejadme este silencio". Parece como si la capacidad de asombro que la poetisa había mostrado en su anterior obra, Cementerio de gorriones, se hubiese disuelto ahora con el paso de los años. Antes, percibíamos a un ser adulto resistiéndose a integrarse en el mundo de los mayores, porque aquello significaba renunciar a la dimensión mágica del mundo infantil, de los cuentos de la niñez. Ahora, se observa a una mujer madura que ha perdido fuerza y fe, pero que aún se aferra a una esperanza, a esa poesía que tal vez sea la luz, al amor...

El libro es una búsqueda de sentido a través de la aventura poética. Aventura que se cierra sin una certeza total, con las dudas propias del vivir. Por eso en el último poema del libro vuelve a aparecer la sombra de un tal vez: Tal vez por eso, o porque todo cabe, / alimento ahora mismo a las alondras. El acto de escribir es, así, auto de fe contra el olvido: Nombro las cosas, las miradas nombro, / los sueños atesoro, la nostalgia, / y, aunque sé que es inútil y que nadie / puede guardar en cofres las palabras, / las anoto en tus manos, amor mío, / las escribo en tu piel. Escribir es conjurar la incertidumbre del vivir (Para que yo recuerde y tú no olvides [...] Para que yo no olvide y tú recuerdes). Hay que evitar que las palabras sean "Parábolas del aire", cuyo frágil cuerpecillo fónico barra el viento.

En definitiva, la palabra es voluntad de permanencia, pero no en sí misma, como entidad física articulada, sino como medio de perpetuación en la memoria de los otros. El poeta busca la comunicación a través del verbo. Él le permite llegar a los demás. Y Blanca nos lo dice en una hermosa poética:

Escribo porque sé que mis palabras / volarán una tarde hasta tus ojos / como palomas de humo, / herirán / con sus alas calientes tu mirada. // Escribo porque sé que alguna tarde / en el hueco de lluvia de tus manos / caerán las palabras que hoy anudo / y que enhebro pensando sólo en ti.

Bella Ars poetica, llena de aliento místico, próximo a San Juan de la Cruz: el amor convierte en amado al lector, ¡hasta ese extremo necesita la autora la unión extática con sus lectores! Pocas veces se había expresado, con tanta fuerza, la necesidad comunicativa entre creador y lector:

Escribo porque sé que a tu mirada / volarán las palomas de mis versos / y anclarán en la arena de tus manos. / El latido del mar hasta la playa / de tus ojos marinos distantes / acercará mi voz y las palabras / que hoy escribo pensando sólo en ti.

En esa maravillosa fuerza sincrética del lenguaje, cada lector se descubre a sí mismo en el amante al que la poetisa dirige sus palabras. La poesía funda a la vez, en un momento supremo de creación, individualismo e intersubjetividad.

La fuerza mágica mostrada en Cementerio de gorriones se ha unido aquí a la experiencia vital de una espléndida madurez, plena de intimismo, creatividad e intensidad expresiva. Será tal vez la luz. Esa luz de la poesía que ya habita en el melancólico

 

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