José Verón Gormaz

CPR Calatayud ] Superior ] José María Muñoz Callejero ] [ José Verón Gormaz ] Blanca Langa ] Luis Andrés ]

JOSÉ VERÓN: DESDE EL BALCÓN DE LA POESÍA.

 

Por Antonio Villanueva. CPR de Calatayud.

(Publicado en La comarca, 19 de junio de 1998)

 

 

La semana pasada, iniciamos nuestro recorrido por la poesía bilbilitana actual con un artículo dedicado a Blanca Langa (véase "La aventura de leer... a Blanca Langa", en La Comarca, núm. , viernes, 3 de abril de 1998). No pretendíamos en aquellas líneas, ni pretendemos en éstas, hacer crítica judiciaria, concediendo o negando aciertos, repartiendo a diestro y siniestro ora mandobles, ora parabienes. Más bien querríamos presentar, ante la sociedad bilbilitana, un panorama actualizado de los poetas que en ella viven y conviven. Nuestra crítica intenta ser antes presentativa que destructora, descriptiva más que sintética. Ya discernirá la historia lo esencial de lo accesorio. De momento, bástenos con ver. Como diría Ortega, aprendamos a mirar, con las gafas de la crítica, lo que nuestra miopía nos impedía vislumbrar.

Hoy, queremos centrar nuestra atención en un libro clásico de la bibliografía poética bilbilitana, Instrucciones para cruzar un puente, de José Verón Gormaz, publicado en 1983, en Zaragoza, por la Institución "Fernando el Católico". Desde el mismo título, se nos promete un resultado: las "instrucciones" nos llevarán al otro lado, a una vida distinta y renovada. No se nombra "el puente", uno en concreto, sino que se alude a uno indeterminado, "un puente" cualquiera de los muchos que en el camino hallarse puedan. El poeta no nos da una receta infalible, una panacea para cruzar a la otra orilla; simplemente alude a una actitud de búsqueda, a la necesidad de cambio que en él anida: Si deseas cruzar a la otra orilla / imprégnate primero del lugar que abandonas, / siente dentro de ti / el puñado de tierra que pisan tus zapatos. Más que resolver el problema, lo enuncia con actitud didáctica, promoviendo la voluntad de mejora en el lector, haciendo que desee cruzar el puente, mejorar su calidad de vida. Cada uno de nosotros recorre un camino lleno de escollos, bordeado de precipicios. Afortunadamente, siempre hay formas de cruzar, de llegar al otro lado, a una vida mejor, más humana y artística, menos material y monótona.

La imagen de la vida como viaje es ya antigua en nuestra literatura, desde Jorge Manrique a Antonio Machado (Caminante, no hay camino / se hace camino al andar). Aquí está siempre presente, en "Izando velas": Un aciago camino, / laberinto u océano, / travesía rotunda". O en "Odiseo en Erato": Perdido el caminante / se ofusca en las palabras. En el universo poético de Verón Gormaz, la vida es camino difícil, lleno de abismos que salvar para llegar al otro lado, donde nos espera un mundo nuevo, un nuevo paraíso. El viaje es tortuoso, pero nos enriquece: Y cuando la otra orilla pises / hazlo como si de un suelo sagrado se tratara: / el lugar te recibe con todos tus recuerdos, / con todas las sombras miserables / que al otro lado creíste abandonar. El aprendizaje es importante para el peregrino.

El deseo de cambio, de transformar la realidad, es nota poética que ya se apuntaba en Blanca Langa. Ambos poetas parten de una actitud inconformista. En "La calle muerta", Gormaz se lamenta del abandono que sufre el casco antiguo de Calatayud: Cuando me alejo de aquel lugar siniestro / escucho, repetida, una risa burlona, / la vieja, fría, maligna carcajada / del abandono, / la sonrisa muerta del abandonado. La ciudad se muestra al modo del Nueva York lorquiano, con sus afiladas aristas de tristeza: Tiene la ciudad un corazón de encrucijadas frías / donde enjambres anónimos destierran la penumbra / con bostezos y llanto, / donde una sinfonía de zapatos y turnos se arrastra lentamente / y las tabernas agonizan de miedo ("Oración terrestre"). La ciudad sufre: el corazón de la ciudad palpita amargamente, / emocionado por el rumor de las lamentaciones / que despide el silencio de los ojos sin rostro. El final del poema es terriblemente desolador: Avanza el día sobre las calles limpias, / y el cielo se esconde en las ventanas. Hay en José Verón una cierta urbanofobia, un descontento con la vida actual, identificada con la monotonía, la falsedad o el anonimato: Soy vagabundo ciego de océanos sin nombre / donde habitan perdidos los náufragos diurnos ("Nocturnos").

La actitud rebelde lleva al poeta a una sensación de soledad y melancolía: Solo, / solitario paciente de las arañas lúgubres (...) / desconsolado, / desplegadas las velas al viento del recuerdo (...) / y ahogándonos en ceniza, / medio muerto de ausencia ("Melancholic man"). La insatisfacción incita a la huida, a escaparse a cualquier lugar. La libertad está en la sensación de movimiento: ¡Oh, aquel tren alejándose (...) / perdiendo poco a poco su figura / hasta ser horizonte! ("El fantasma de la libertad"). El rumbo es lo menos importante: ¿A dónde va? No importa. El tren se va, sabiendo que un pedazo / de mi alma dividida lo acompaña. Las praderas son testigos de la importancia de alejarse / en cualquier tren que rompa las cadenas.

No es, pues, de extrañar la dedicatoria que abre el poemario, presentándolo como odisea poética, dedicada a todos los vagabundos del verbo. El poeta es caminante que vaga por los caminos, que anhela vivirse en otra vida: Nacedme, hermanos días, / que vuestros pasos amarillos y verdes, / creciendo en la penumbra, / se extiendan dentro de mi descansado corazón ("Elegía crónica"). La vida es lucha, nos dice en "Humanus": hay algo doloroso / tras las paredes cubiertas de armarios y de libros, / algo invernal, hiriente, tú lo sabes, / algún silencio viejo y descorazonador / que esta noche se ha transformado en llanto. El poeta siente el temor subterráneo de sueños funerales, un rumor de tinieblas. Nos habla de tormentas, de la angostura del camino: Las paredes frías (...) / rezuman desazón ("Desfiladero"). Son gemidos las huellas de las lenguas vacías, / son candorosas sierpes las voces del futuro. En un afán culturalista, cita a Ezra Pound y nos confiesa: Eso turba mis sueños.

Y el miedo y la rebeldía le hacen dar un paso hacia delante, desear la evasión, aunque al final no se vaya: El caminante oscila, / se espanta de sí mismo / buscándose sin éxito en el marchar a dónde, / o mirando hacia atrás en busca de otros días (...) / en busca de una vida quebrada / que en el destierro ácido / jamás encontrará ("Irse").

Entre el temor y la duda, aún cabe la esperanza. Es ahora Auden quien lo dice y de quien Verón toma prestada esta frase: Igual que tus temores debe ser tu esperanza. El poeta busca en el paisaje la paz ecológica. Nos habla del prado verde, como Gonzalo de Berceo; de una pradera justiciera madre, verde es su ley ("Sé de un lugar"). Busca también reposo en la escritura, sin hallarlo del todo, imitando el estilo gongorino: Grueso lomo, / con solidez cañada por diminutos túneles, / orgullo es del volumen, / inmóvil senescal del negro mamotreto ("Un viejo libro"), o leyendo incansablemente: entre páginas ásperas y lomos de colores (...) / un diluvio de letras, de palabras impresas, / vivifican al reo (...) / Un concierto de páginas me envuelve / y leo, desesperadamente leo, / leo sin cesar, ya prisionero / del fantasma de la biblioteca ("Desoladas lecturas").

Pero la gran esperanza viene, como en la poesía de Blanca Langa, del amor. Un amor que detiene el tiempo: Y en tu noche purísima, / en tu estío marino donde la espuma es libre, / fui habitante perpetuo del tiempo detenido (...) / el pedazo más breve de lo eterno ("Encuentros"). El poeta canta con el eco juanramoniano del Vino, primero, pura y la amé como un niño y éstos son los versos que dedica a su amada, ¿la poesía?: Pero llegaste tú, / despojada de números, / coronada de vida, / cálida, / primitiva, / profunda, / sembradora gentil de incongruencias, / y fijo en ti quedé, / disuelto en tu existencia, / rescatado, / propenso a los naufragios ("El prado y la caverna"). En "Humanus" sigue el himno a la compañera, ¿la poesía?: cómo llegas al fondo de mis límites, / tú / compañera, paciente sembradora de paz.

Sin embargo, el tiempo vuelve a fluir, no se detiene eternamente. El amor pasa, la inspiración poética desaparece y nos queda solamente su recuerdo: Amor, / descúbreme otra vez entre los días grises, / suéñame vivo, naciendo de las horas (...) / caigamos a un abismo de tiempo recobrado, / exploremos paisajes de enamorada piel; / mi camino es tu cuerpo transparente, / tus latidos sin límite son eco de los míos ("Paréntesis).

En la última parte del poemario, Verón se vuelve hacia el mar, a un mar juanramoniano, con ansias de eternidad, como promesa de elevación caída (¡Oh, mar, cielo rebelde / caído de los cielos!, decía el poeta de Moguer). En "The Treasure Island", otra vez aparece la idea de la huida: un vagabundo anclado / que ve crecer en él / la tentación de irse. O en "Avatares": alguien se irá muy lejos / en busca de otros mares. Verón anhela el mar, ese mar inmenso, eterno, que nos atrae, que llama a los ángeles mudos, / a los héroes ciegos, / a los huéspedes tristes ("Oración marina").

Deseo de cambio, rebeldía, culturalismo, soledad, miedo... y esperanza. El poeta no ha hecho un camino rectilíneo para llegar al otro lado. Más que tránsito uniforme, hay idas y venidas. Gormaz se acerca al puente apenas entrevisto, se asoma y vuelve entonces el vértigo, la soledad y la amargura. José Verón está allí, colgado en el balcón de la poesía, viendo y temiendo a la vez ese torbellino que pasa bajo sus pies: el río de la vida.

 

CPR Calatayud ] Superior ] José María Muñoz Callejero ] [ José Verón Gormaz ] Blanca Langa ] Luis Andrés ]